lunes, 16 de abril de 2012

Dios rico en misericordia



Por: Roquel Iván Cárdenas (Semper Gaudens)                                                                                       

Correo electrónico: sempergaudens@gmail.com

Uno de los términos en hebreo con que el AT indica la misericordia es rehamîm, que designa propiamente las "vísceras" (en singular, el seno materno); pero que en sentido metafórico se expresa para señalar aquel sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas por lazos de sangre o de corazón, como a la madre o al padre con su propio hijo. El profeta Jeremías nos lo manifiesta de manera hermosa: “¿Es un hijo tan caro para mí Efraín, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía?  Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme - oráculo de Yahvé -.” (Jeremías 31, 20) En el texto anterior vemos como Yahvé nos presenta a su pueblo como a un hijo rebelde, que sin embargo, a pesar de sus rebeldías  el mismo Yahvé se muestra conmovido en sus entrañas. La figura del padre y la madre que son capaces de mostrar misericordia por su hijo o hija rebelde la Escritura lo presenta como una imagen adecuada  para mostrar la misericordia divina.

 En la Biblia se usa la analogía (comparación) para designar un misterio que supera nuestra capacidad intelectual. Compara el amor y la misericordia que surge de nuestras entrañas por nuestros hijos con el amor que nos tiene Dios. Pero como toda analogía (sobre todo para con Dios) a pesar de ser adecuada para designar el misterio, también es sano reconocer sus límites. La misma Biblia nos lo manifiesta con un hermoso texto que si meditamos a profundidad puede resultar conmovedor hasta las lágrimas.
“¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido.” (Isaías 49,15)

Por ello Dios Padre que nos amó primero, con un amor rico en misericordia, a pesar de nuestras rebeldías,  nos amo hasta el extremo de no perdonar a su propio Hijo para concedernos su gracia y perdón.  “Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo” (Efesios 2, 4s)
Ese Dios rico en Misericordia es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre, no solo a través de las palabras sino también con los hechos  a tal punto que podemos decir que lo vemos  a través de Él como en un «cristal».  A ese respecto es  prudente  recordar aquel momento en que Felipe dirigiéndose a Cristo le pide: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: ‘¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?” (Juan 14, 8s)

El misterio de Cristo es la máxima manifestación de la Misericordia divina. En su Rostro podemos con confianza buscar el rostro del “Padre misericordioso y Dios de toda consolación” (2Corintios 1,3). Porque Jesús nos hace visible al Dios invisible.

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