sábado, 20 de julio de 2013

ESCANDALOS EN LA IGLESIA

ESCANDALOS EN LA IGLESIA
 (Transcripción de una carta personal)

Por: Roquel Iván Cárdenas  (Semper Gaudens)
Correo electrónico: sempergaudens@gmail.com

Queridos  hermanos y hermanas que el Señor  les conceda la gracia y la paz de Cristo el Señor. Les comparto un escrito que nos habla de situaciones dolorosas en nuestra Iglesia y que de una forma u otra nos afecta a todos.  

 Hoy día vivimos tiempos de gran turbulencia. Acontecimientos que en décadas pa­sadas eran desconocidos o maneja­dos con reserva, hoy  se publican libremente. Con gran malicia el cine, la televi­sión y los medios de comunicación que todo lo invaden, tratan los escándalos en la Iglesia con afán de aumentar sus ganancias. Por eso esta clase de noticias, es motivo de especiales despliegues.

Vemos asombrados como todo lo que concierne a la Iglesia católica en cuanto a escándalos de diversa índole en especial cuando alguno de sus miembros, generalmente sacerdote, es descubierto en este o aquel acto peca­minoso, es destacado con el mayor énfasis,  detalle y relieve. No ne­ce­saria­mente se hace lo mismo con otros grupos religiosos con casos simi­lares. Ni tampoco con los buenos ejemplos o grandes obras que se realizan dentro del seno de nuestra amada Iglesia. Parece que la gran noticia es cuando el hecho vergonzoso ocurre dentro del seno de la Iglesia Católica, lo que de inmediato provoca un gran furor que impulsa a los reporteros a producir grandes titulares para sus periódicos. Muchos de estos medios de comuni­cación tienen dueños que no son cató­licos e incluso son claramente anti­católicos. 

Inmediatamente en nuestra mente surge la pregunta ¿por qué ocurre esto en la Iglesia Católica si ella es la Iglesia que fundó Cristo? ¿Por qué sus sacerdotes se ven envueltos en pecados tan espantosos? 

Algunos pierden la fe y dejan de creer o asistir a la Iglesia. Otros, formales ene­mi­gos de la Iglesia ven en estos hechos el fundamento de su rechazo a ella y en cierta forma interiormente quizás los celebren como una confirmación de sus puntos de vista.

Otros se imaginan que la Iglesia desa­pa­recerá o será destruida, tal como se ha pronosticado en una revista de alcance mundial.

Curiosamente, el número de sacerdotes involucrados en diversos tipos de peca­dos escandalosos es pequeñísimo com­pa­rado con el de los que se mantienen fieles a su vocación lo que, sin embargo, no parece ser noticia sino lo otro, es decir,  el escándalo.

¿Cuál es entonces la explicación a todos estos hechos? ¿Cuál debe ser la actitud de un católico sincero ante este ataque despiadado a su Iglesia?

En primer lugar, se debe decir que el principal ataque proviene del propio miembro de la Iglesia que causó el es­cán­dalo con su conducta. Es nuestra  vida (más que los reporteros) de anti testimonio, indolencia, ingra­titud y desamor a Cristo, la que causa un grave y artero daño a la Iglesia desquebrajándola sin piedad.

Cuando Jesús estuvo en la tierra, escogió a 12 apóstoles con quienes compartió los tres años de su vida pública. Estos hombres a pesar de que le conocieron en persona, lo abandonaron en un momento determi­nado, Pedro lo negó según Marcos 14, 27-30 y Judas lo traicionó según Marcos 14, 10-11. Eran solo doce y ocurrió esto entre ellos, ¿cómo será entre un número de católicos tan grande a nivel mundial?

En la Iglesia primitiva también ocurrían escándalos.

Ananías y Safira trataron de engañar a los apóstoles

Pedro le dijo: «Ananías, ¿cómo es que Satanás llenó tu corazón para mentir al Espíritu Santo, y quedarte con parte del precio del campo?... No has mentido a los hombres, sino a Dios.» Al oír Ananías estas palabras, cayó y murió. (Hechos 5, 3-5)
A la comunidad de Corinto, San Pablo los reprende:
«Sólo se oye hablar de inmoralidad entre ustedes, y una inmoralidad tal, que no se da ni entre los paganos, hasta el punto de que uno de ustedes vive con la mujer de su padre.  (1Corintios 5,1-2)
Cuando Jesús fundó su Iglesia, no la constituyó diciendo que no pecaría, ni dijo que sus miembros no come­terían pecados, lo que dijo fue:
“...las puertas del Hades, no la podrán vencer” (Mateo 16,18b).
Enseñaba con ello que no sería destruida jamás, ni siquiera por los malos ejem­plos o pecados de sus hijos.
Por otro lado predice que habrá escándalos en la Iglesia y nos advierte de las consecuencias:
“Dijo a sus discípulos: Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡Ay de aquel por quien vienen!. Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escan­dalizar a uno de estos pequeños. Andad pues con cuidado.” (Lucas 17, 1-3)
Esta es la Iglesia de Cristo, compuesta por santos y pecadores. Sin em­bargo ella prevalecerá hasta el final de los tiempos porque así lo prometió Cristo.
“...las puertas del Hades, no la podrán vencer” (Mateo 16, 18b).
Así ha ocurrido a través de la historia en que ciertas circunstancias la han hecho tambalear, en otras ha sido perseguida, sus hijos martirizados, ha sido insultada al igual que lo fue su fundador, como se aprecia en el siguiente pasaje:
“Este no expulsa demonios más que por Beelzebul, príncipe de los demo­nios” (Mateo 12, 24)
 A pesar de todo ello en todas las épocas, el Espíritu Santo ha producido miles de santos en su Iglesia. Cuando más oscuro ha sido el momento, más ha brillado la gracia de Dios con hombres y mujeres que con su santidad han iluminado el camino.
San Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, santa Teresa del niño Jesús, san Juan Bosco, santa Catalina de Siena, san Pío de Pietrelchina para men­cionar solo algunos,  cumpliéndose en plenitud la sentencia de Jesucristo:
 “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los día hasta el fin del mundo”. (Mateo 28,20)
 Además de los miles y miles que  han dado su vida por Cristo.
Por eso debemos estar sumamente atentos para que no ocurran escándalos entre nosotros, pero saber que  lamentablemente siempre habrá, pues son propios de nuestra hu­mani­dad caída. Pero nunca debemos desanimarnos por ello.
Contamos con los recursos de los sacramentos, la oración y una constante vigilancia para mantenernos en pie.
El mismo Señor nos advierte que:
 “Y al crecer cada vez más la ini­quidad, la caridad de muchos se en­friará. Pero el que persevere hasta el fin, ese se salvará”  (Mateo 24, 12-13)
Cuidado entonces con permitir que la fe se enfríe al contrario hay que mantenerse firme hasta el final.














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