domingo, 20 de julio de 2008



LOS ALIMENTOS IMPUROS

(Transcripción de una carta personal)

Por: Semper Gaudens

Correo electrónico: sempergaudens@gmail.com

Bendito y alabado sea Dios Padre y su Hijo Jesucristo por siempre. Ante todo quiero darle gracias a Dios Padre por el Espíritu Santo que nos une en el amor en nuestra Santa Madre Iglesia Católica.

Ahora quiero contarte lo que me aconteció en casa de un amigo, mientras celebrábamos la boda de un hermano. Todo marchaba bien hasta que algunos invitados (quienes también eran hermanos en el Señor) empezaron a rechazar la comida y bebida que se les ofrecía. Muy extrañado les pregunte si se sentían bien, y me dijeron que si, pero que no comían estos alimentos porque eran impuros.

Esto me sorprendió mucho (ya que no eran judíos) así que les pregunte que si ellos sabían que ya no estaban sometidos a la Ley, y me respondieron que a ellos les habían dicho que para salvarse tenían que cumplir cono todos los preceptos de la ley de Moisés.

Entonces les dije a todos: el Señor Jesús hablo muy claro al respecto cuando dijo:

Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: "Escúchenme todos y entiéndanlo bien.

Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!".Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de esa parábola. El les dijo: "¿Ni siquiera ustedes son capaces de comprender? ¿No saben que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo, porque eso no va al corazón sino al vientre, y después se elimina en lugares retirados?". Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos.

(Marcos 7, 18ss)

Entonces hermanos no es lo que entra por la boca del hombre lo que hace impuro al hombre sino lo que sale de su boca. Miren como el evangelista nos regala este comentario muy valioso al decirnos: “Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos.”

Entonces si el Señor declaro puros los alimentos ¿quienes somos nosotros para declararlos impuros?

Por ello el Apóstol nos advirtió para que no cayéramos en engaños que el Reino de Dios no es asunto de comida ni bebida. No permitamos que perturbadores dañen la obra de Dios trayendo confusión y división en medio del pueblo de Dios. Para evitar esa discordias y discusiones ya San Pablo nos advertía al decirnos:

“Después de todo el Reino de Dios no es cuestión de comida o de bebida, sino de justicia, de paz y de gozo en el Espíritu Santo. El que sirve a Cristo de esta manera es agradable a Dios y goza de la aprobación de los hombres. Busquemos, por lo tanto, lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación. No arruines la obra de Dios por un alimento.” (Romanos 14,17-20)

Porque lo lamentable no es que se abstenga de comer tal o cual alimento. En este asunto todos somos libres de comer o no comer. Pero no podemos pensar que será el alimento lo que nos hará agradable al Señor. Porque en ese aspecto da lo mismo comer o no comer.

Ciertamente, no es un alimento lo que no acerca

Dios: ni por dejar de comer somos menos, ni por

comer somos más. (1 Corintios 8,8)

No debemos preocuparnos por ese asunto, pues no nos quita ni nos pone nada a nuestra justificación ante Dios si se come con moderación y dando gracia a Dios.

Coman de todo lo que se vende en el mercado, sin hacer averiguaciones por escrúpulos de conciencia. Porque del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella. (1Corintios 10, 25-26)

Sin embargo les recomiendo que si algunos de ustedes desean abstenerse de comer algún alimento por cualquier razón (salud, pudor, costumbre…) sepan que no tienen nada que ver con su relación con Dios. A no ser que se abstenga como medio de mortificación para negarse a si mismo tomar su cruz y seguir al Señor… pero como todos sabemos cuando se hace eso normalmente lo hacemos con alimentos o cosas que nos agradan y que son licitas –es decir- que Dios no las prohíbe. Y lo más importante lo hacemos sin juzgar ni menospreciar al hermano que decide no abstenerse.

No caigamos en los mismo errores que cayeron otros juzgando y condenando a los hermano en razón de la comida o bebida, atentando de esa forma con la obra de Dios. Sepan más bien que:

Todo lo que Dios ha creado es bueno, y nada es

despreciable, si se lo recibe con acción de gracias,

(1Timoteo 4,4)


El MOVIMIENTO APOSTOLICO

SEMPER GAUDENS

PRESENTA

RESPUESTA CATOLICA # 2

¿Por qué tenemos imágenes en los templos?

Como pudimos apreciar en el tema anterior Dios no prohíbe las imágenes sino al contrario las manda hacer. Esto lo podemos apreciar claramente cuando el Señor ordena hacer imágenes en el Arca de la Alianza y en un mástil ordena hacer una serpiente de bronce. En pocas palabras, podemos concluir que Dios no prohíbe confeccionar imágenes sino que prohíbe la idolatría (que es adorar ídolos) y como consecuencia lógica hacer imágenes de esos ídolos.

Con estas reflexiones que abordamos en la nota anterior debería ser suficiente para aclarar las dudas que pudieran surgir sobre el tema de las imágenes, sin embargo dado lo controversial que resulta para los hermanos no-católicos e incluso para algunos católicos este tema. Hemos decidido dedicarle los primero cuatro ejemplares de esta hoja de Respuesta Católica.

En cuanto a la pregunta de ¿por qué tenemos los católicos imágenes en nuestros templos? Podemos iniciar analizando el texto del libro de Sabiduría que dice así:

“…y cuando éstos sucumbieron por la mordedura de serpientes venenosas, tu cólera no duró hasta el final. El castigo que se dejó caer por un momento, tenía valor de advertencia: esta señal de salvación les recordaría los mandamientos de tu Ley. En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía su vista, sino por ti, el Salvador de todos.”(Sabiduría 16,5ss)

El libro de la Sabiduría nos cuenta como el pueblo de Israel mientras peregrinaba por el desierto empezó a murmurar en contra de Dios y de Moisés. Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas. Al verse ante tal situación el pueblo fue a ver a Moisés y le dijo: "Hemos pecado, porque hemos murmurado contra Dios y contra ti. Ruega al Señor por nosotros.” Moisés oró por el pueblo y el Señor le dijo:

“Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado.”(Números 21,8)

Dios permite las imágenes en los templos porque son para nosotros como dice el libro de Sabiduría señales de salvación. Ellas nos recuerdan los mandamientos de la Ley de Dios y cada vez que miramos una imagen religiosa con devoción, recibimos la gracia de Dios, no por lo que contemplamos, sino por el Señor, Salvador de todos.

La Biblia en el libro de los Reyes nos regala datos muy interesantes acerca de la construcción del templo de Jerusalén que nos permite formarnos un juicio sobre este tema.

El Rey Salomón inicia la construcción del Templo de Dios aproximadamente cuatrocientos ochenta años, después de la salida de Egipto del pueblo de Israel.

En el mismo prepara un lugar muy especial para colocar el objeto más sagrado del pueblo de Israel, que era el Arca de la Alianza. En el fondo del edificio, preparó un lugar de aproximadamente diez metros de ancho, por diez metros de largo y diez metros de alto. Lo recubrió de oro e hizo un altar de cedro para colocar el Arca de la Alianza. Este lugar donde fue colocada el Arca era conocido como el lugar santísimo.

23 En el lugar santísimo hizo dos querubines de madera de olivo; cada uno medía cinco metros de altura. (1Reyes 6,23)

Lo interesante de todo esto es que ese lugar tenía además dos querubines de madera de olivo de cinco metros cada uno. Es decir el lugar de culto de adoración del pueblo de Israel tenía imágenes. Ya que como todos sabemos el Arca de la Alianza tenia imágenes y el lugar del templo donde se alojaba el Arca, también tenia imágenes. No conforme con esto el mismo libro de Reyes nos sigue narrando que:

29 Alrededor de todos los muros de la Casa, hizo cincelar figuras de querubines, de palmeras y pimpollos, tanto en el interior como en el exterior del lugar santísimo (1Reyes 6,29)

Esto nos muestra el templo de Jerusalén plagados de imágenes por dentro y por fuera. Y este templo lo construyo un hombre muy sabio el rey Salomón. Que por supuesto conocía la Ley de Dios y seria incapaz de construir el templo de Dios violando sus leyes.

Aun así es probable que algunas personas hoy en día se “escandalizarían” al ver un templo con tantas imágenes. Pero lo importante en este caso no es la opinión de los hombres sino la del Señor, sobre todo que el Templo fue edificado en su honor. Gracias a Dios tenemos la constancia de que Dios acepta este templo y lo consagra es decir lo hace suyo.

"He oído tu oración y la súplica que has pronunciado en mi presencia. Yo he consagrado esta Casa que tú has edificado a fin de poner allí mi Nombre para siempre: mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días. (1Reyes 9,3)

Con esto podemos ver con claridad que a la luz de la Biblia no tenemos ninguna prohibición de hacer imágenes en los templos. En el Templo Jerusalén habría imágenes y Dios no lo condenó sino al contrario lo bendijo. Si Dios no le agradara las imágenes no lo hubiera aceptado.

El mismo Jesús utilizo una imagen para enseñar y no la condeno sino al contrario se comparo con ella como una forma de catequizar.

14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, 15 para que todo el que crea tenga por él vida eterna. (Juan 3,14-15)

El católico ve en la imagen un medio lícito que Dios nos ha dejado para ayudarnos en nuestra vida de fe para acercarnos más a El. Tal y como lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

2132 El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios… (Catecismo de la Iglesia Católica)


El MOVIMIENTO APOSTOLICO

SEMPER GAUDENS

PRESENTA

RESPUESTA CATÓLICA # 1

¿Adoran imágenes los católicos?

Es muy común escuchar algunas personas acusar a los católicos de idolatras porque (según ellos) adoran imágenes. Esto es una acusación muy grave que algunos tomamos muy a la ligera. Porque lo que se esta afirmando es que la Iglesia Católica promueve el culto a dioses falsos. En pocas palabras, (supuestamente) hemos cambiado el culto al Dios verdadero por ídolos, de madera y yeso, obra de las manos de los hombres, que tienen boca y no hablan, ojos y no ven.

Fundamentalmente se basan para hacer esta acusación, en un texto del libro del Éxodo que dice así:

“No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso…” (Éxodo 20,4s)

Distinguido hermano, si analizamos este texto de manera literal, como lo pretende hacer algunos hermanos no-católicos, entonces nos encontramos ante una prohibición absoluta de hacer imágenes. Porque si observamos en el texto se prohíbe todo tipo de representación de los cielos la tierra o debajo de la tierra es decir los abismos. Es una forma de decir, de ninguna parte. Entonces estaría prohibido confeccionar pinturas, esculturas, fotografías y no solo eso sino también usar la televisión, computadoras porque todas son forma de crear, conservar y transmitir imágenes. ¡Pero esto es absurdo! Hasta los hermanos no-católicos estarán de acuerdo que esa no es la interpretación correcta del texto.

Entonces ¿Cuál es la interpretación correcta del texto?

Bueno, algunos podrían afirmar que la interpretación correcta del texto es que Dios prohíbe hacer imágenes religiosas. Es decir hacer imágenes en lugares de culto.

Pero esto es falso porque Dios ordenó hacer dos imágenes en el Arca de la Alianza que era el lugar de culto por excelencia del Pueblo de Israel. La Biblia nos narra que el Señor dio instrucciones precisas de cómo construir el Arca y mando hacer las imágenes de dos querubines de oro macizo. La Biblia nos dice en el libro del Éxodo 25, 18.

“Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio…” (Éxodo 25,18)

Como podemos apreciar en la figura en la parte superior del Arca hay dos querubines y este era el lugar de culto por excelencia del pueblo de Israel. Y el Arca de la Alianza era el objeto mas sagrado del Pueblo de Israel era el centro de oración y culto a Dios. Era el lugar donde residía la gloria del Señor. Sin embargo este centro de espiritualidad tenía imágenes.

¿Cómo podemos aclarar esta aparente contradicción?

Muy sencillo hermanos, tenemos que leer el texto completo para poder interpretarlo de manera correcta, para encontrar la voluntad de Dios. Si buscamos el texto original que citamos de Éxodo 20,4s y leemos el versículo anterior le encontraremos el verdadero sentido.

“No tendrás otros dioses fuera de mí…” (Éxodo 20,3)

La prohibición fundamental es no tener otros dioses. Y como consecuencia, por supuesto, no hacer ninguna imagen de esos dioses falsos. En resumen la prohibición del Éxodo 20,3ss es no tener otros dioses y no confeccionar imágenes de culto de esos dioses.

El pueblo de Israel venia de convivir siglos con el pueblo egipcio que tenía muchos dioses. Además, los pueblos que habitaban Canaán (la tierra prometida hacia donde se dirigía Israel) también adoraban muchos dioses. Entonces el pueblo de Dios se encontraba en el grave peligro de ser seducido por las costumbres de estos pueblos paganos y por lo tanto abandonar el culto al Dios verdadero. Por eso el Señor les prohíbe hacer imágenes de dioses falsos.

Podemos concluir que Dios no prohíbe confeccionar imágenes sino que lo que prohíbe es la idolatría (que es adorar ídolos) y como consecuencia lógica hacer imágenes de esos ídolos.

Es más, Dios no solo no prohíbe hacer imágenes, sino que decide manifestarse a través de ellas. Veremos mas adelante en el libro de Números como Dios hace milagros por medio de una imagen que el mismo ordena confeccionar.

El Pueblo de Israel mientras peregrinaba por el desierto empezó a murmurar en contra de Dios y de Moisés. Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas

Al verse ante tal situación el pueblo fue a ver a Moisés y le dijo: "Hemos pecado, hemos murmurado contra Dios y contra ti. Ruega al Señor por nosotros.” Moisés oró por el pueblo y el Señor le dijo:

“Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado.”(Números 21,8)

Moisés obedeciendo las órdenes de Dios fabricó una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, se salvaba.

Entonces Dios obra milagros a través de las imágenes. Como nos dice la Biblia en el libro de la Sabiduría las imágenes son señales de salvación.

…y cuando éstos sucumbieron por la mordedura de serpientes venenosas, tu cólera no duró hasta el final. El castigo que se dejó caer por un momento, tenía valor de advertencia: esta señal de salvación les recordaría los mandamientos de tu Ley. En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía su vista, sino por ti, el Salvador de todos. (Sabiduría 16,5ss)

Dios permite las imágenes, porque cada vez que miramos una imagen religiosa con devoción, recibimos la gracia de Dios. No por lo que contemplamos, sino por ti Señor, Salvador de todos.

Movimiento Apostólico Semper Gaudens Correo electrónico: sempergaundens@gmail.com

El deseo de curación y la oración para obtenerla.


El deseo de curación y la oración para obtenerla.

Supuesta la aceptación de la voluntad de Dios, el deseo del enfermo de obtener la curación es bueno y profundamente humano, especialmente cuando se traduce en la oración llena de confianza dirigida a Dios. A ésta exhorta el Sirácida:

"Hijo, en tu enfermedad no te deprimas, sino ruega al Señor, que él te curará"

(Sirácidas 38, 9).

Durante la actividad pública de Jesús, muchos enfermos se dirigen a Él, ya sea directamente o por medio de sus amigos o parientes, implorando la restitución de la salud. El Señor acoge estas súplicas y los Evangelios no contienen la mínima crítica a tales peticiones. El único lamento del Señor tiene qué ver con la eventual falta de fe:

"¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!" (Marcos 9, 23)

No solamente es loable la oración de los fieles individuales que piden la propia curación o la de otro, sino que la Iglesia en la liturgia pide al Señor la curación de los enfermos. Ante todo, dispone de un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos. En él, por medio de la unción, acompañada por la oración de los sacerdotes, la Iglesia encomienda los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que les dé el alivio y la salvación. Inmediatamente antes, en la Bendición del óleo, la Iglesia pide: "infunde tu santa bendición, para que cuantos reciban la unción con este óleo sean confortados en el cuerpo, en el alma y en el espíritu, y sean liberados de todo dolor, de toda debilidad y de toda dolencia"; y más tarde, en los dos primeros formularios de oración después de la unción, se pide la curación del enfermo. Ésta, puesto que el sacramento es prenda y promesa del reino futuro, es también anuncio de la resurrección, cuando

"no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (Apocalipsis 21, 4)

Obviamente, el recurso a la oración no excluye, sino que al contrario anima a usar los medios naturales para conservar y recuperar la salud, así como también incita a los hijos de la Iglesia a cuidar a los enfermos y a llevarles alivio en el cuerpo y en el espíritu, tratando de vencer la enfermedad. En efecto, es parte del plan de Dios y de su providencia que el hombre luche con todas sus fuerzas contra la enfermedad en todas sus manifestaciones, y que se emplee, por todos los medios a su alcance, para conservarse sano. Los Padres de la Iglesia consideraban algo normal que los creyentes pidieran a Dios no solamente la salud del alma, sino también la del cuerpo. A propósito de los bienes de la vida, de la salud y de la integridad física, San Agustín escribía: "Es necesario rezar para que nos sean conservados, cuando se tienen, y que nos sean concedidos, cuando no se tienen". El mismo Padre de la Iglesia nos ha dejado un testimonio acerca de la curación de un amigo, obtenida en su casa por medio de las oraciones de un Obispo, de un sacerdote y de algunos diáconos.

La misma orientación se observa en los ritos litúrgicos tanto occidentales como orientales. En una oración después de la comunión se pide que "el poder de este sacramento… nos colme en el cuerpo y en el alma" (Missale Romanum, p. 563). Durante los siglos de la historia de la Iglesia no han faltado santos taumaturgos que han operado curaciones milagrosas.

El fenómeno, por lo tanto, no se limita a los tiempos apostólicos; sin embargo, el llamado "carisma de curación" acerca del cual es oportuno ofrecer ahora algunas aclaraciones doctrinales, no se cuenta entre esos fenómenos taumatúrgicos. La cuestión se refiere más bien a los encuentros de oración organizados expresamente para obtener curaciones prodigiosas entre los enfermos participantes, o también a las oraciones de curación que se tienen al final de la comunión eucarística con el mismo propósito.

Las curaciones ligadas a lugares de oración (santuarios, recintos donde se custodian reliquias de mártires o de otros santos, etc.) han sido testimoniadas abundantemente a través de la historia de la Iglesia. Ellas contribuyeron a popularizar, en la antigüedad y en el medioevo, las peregrinaciones a algunos santuarios que, también por esta razón, se hicieron famosos, como el de San Martín de Tours o la catedral de Santiago de Compostela, y tantos otros. También actualmente sucede lo mismo, como por ejemplo en Lourdes, desde hace más de un siglo. Tales curaciones no implican un "carisma de curación", ya que no pueden atribuirse a un eventual sujeto de tal carisma, sin embargo, es necesario tener cuenta de las mismas cuando se trate de evaluar doctrinalmente los ya mencionados encuentros de oración.

Por lo que se refiere a los encuentros de oración con el objetivo preciso de obtener curaciones —objetivo que, aunque no sea prevalente, al menos ciertamente influye en la programación de los encuentros—, es oportuno distinguir entre aquellos que pueden hacer pensar en un "carisma de curación", sea verdadero o aparente, o los otros que no tienen ninguna conexión con tal carisma. Para que puedan considerarse referidos a un eventual carisma, es necesario que aparezca determinante para la eficacia de la oración la intervención de una o más personas individuales o pertenecientes a una categoría cualificada, como, por ejemplo, los dirigentes del grupo que promueve el encuentro. Si no hay conexión con el "carisma de curación", obviamente, las celebraciones previstas en los libros litúrgicos, realizadas en el respeto de las normas litúrgicas, son lícitas, y con frecuencia oportunas, como en el caso de la Misa pro infirmis. Si no respetan las normas litúrgicas, carecen de legitimidad.

En los santuarios también son frecuentes otras celebraciones que por sí mismas no están orientadas específicamente a pedirle a Dios gracias de curaciones, y sin embargo, en la intención de los organizadores y de los participantes, tienen como parte importante de su finalidad la obtención de la curación; se realizan por esta razón celebraciones litúrgicas, como por ejemplo, la exposición de Santísimo Sacramento con la bendición, o no litúrgicas, sino de piedad popular, animada por la Iglesia, como la recitación solemne del Rosario. También estas celebraciones son legítimas, siempre que no se altere su auténtico sentido. Por ejemplo, no se puede poner en primer plano el deseo de obtener la curación de los enfermos, haciendo perder a la exposición de la Santísima Eucaristía su propia finalidad; ésta, en efecto, lleva a los fieles a reconocer en ella la presencia admirable de Cristo y los invita a la unión de espíritu con Él, unión que encuentra su culmen en la Comunión sacramental.

El "carisma de curación" no puede ser atribuido a una determinada clase de fieles. En efecto, queda bien claro que San Pablo, cuando se refiere a los diferentes carismas en 1 Co 12, no atribuye el don de los "carismas de curación" a un grupo particular, ya sea el de los apóstoles, el de los profetas, el de los maestros, el de los que gobiernan o el de algún otro; es otra, al contrario, la lógica la que guía su distribución:

"Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad" (1 Co 12, 11).

En consecuencia, en los encuentros de oración organizados para pedir curaciones, sería arbitrario atribuir un "carisma de curación" a una cierta categoría de participantes, por ejemplo, los dirigentes del grupo; no queda otra opción que la de confiar en la libérrima voluntad del Espíritu Santo, el cual dona a algunos un carisma especial de curación para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Sin embargo, ni siquiera las oraciones más intensas obtiene la curación de todas las enfermedades. Así, el Señor dice a San Pablo:

"Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Co 12, 9);

y San Pablo mismo, refiriéndose al sentido de los sufrimientos que hay que soportar, dirá

"completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).


Enfermedad y curación

El hombre está llamado a la alegría, pero experimenta diariamente muchas formas de sufrimiento y de dolor". Por eso el Señor, al prometer la redención, anuncia el gozo del corazón unido a la liberación del sufrimiento.

“Por este camino marcharán los rescatados y por ahí regresarán los libertados por Yavé; llegarán a Sión dando gritos de alegría, y con una dicha eterna reflejada en sus rostros; la alegría y la felicidad los acompañarán y ya no tendrán más pena ni tristeza” (Isaías 35,10).

Lamentablemente el sufrimientos, que acompaña la enfermedad es una realidad presente en la historia humana Por ello es también parte de un profundo deseo del hombre el ser liberado de todo mal. Pero la enfermedad se manifiesta con un carácter ambivalente, ya que por una parte se presenta como un mal cuya aparición en la historia está vinculada al pecado y del cual se anhela la salvación, y por otra parte puede llegar a ser medio de victoria contra el pecado. Pero la enfermedad hiere también a los justos, y todos nos preguntamos el porqué. En el libro de Job este interrogante atraviesa muchas de sus páginas. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento. Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba.La enfermedad, aún teniendo aspectos positivos en cuanto demostración de la fidelidad del justo y medio para compensar la justicia violada por el pecado, y también como ocasión para que el pecador se arrepienta y recorra el camino de la conversión, sigue siendo un mal. Sin embargo, es en el Nuevo Testamento donde encontramos una respuesta plena a la pregunta de por qué la enfermedad hiere también al justo. En su actividad pública, la relación de Jesús con los enfermos no es esporádica, sino constante. Él cura a muchos de manera admirable, hasta el punto de que las curaciones milagrosas caracterizan su actividad:

"Jesús recorría todas las ciudades y aldeas; enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanado toda enfermedad y toda dolencia" (Mt 9, 35)

Las curaciones son signo de su misión mesiánica. Ellas manifiestan la victoria del Reino de Dios sobre todo tipo de mal y se convierten en símbolo de la curación del hombre entero, cuerpo y alma.

“Los hombres, al llegar donde Jesús, dijeron: «Juan Bautista nos envía a preguntarte: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» En ese momento Jesús curó a varias personas afligidas de enfermedades, de achaques y de espíritus malignos y devolvió la vista a algunos ciegos. Contestó, pues, a los mensajeros: «Vuelvan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos se despiertan, y una buena nueva llega a los pobres.” (Lucas (7, 20-23)

También la primera evangelización, según las indicaciones del Nuevo testamento, fue acompañada de numerosas curaciones prodigiosas que corroboraban la potencia del anuncio evangélico. Ésta había sido la promesa hecha por Jesús resucitado, y las primeras comunidades cristianas veían su cumplimiento en medio de ellas:

Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre echarán demonios y hablarán nuevas lenguas; tomarán con sus manos serpientes y, si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y quedarán sanos.” (Marcos 16, 17-18).

San Pablo presenta su anuncio del Evangelio como caracterizado por signos y prodigios realizados con la potencia del Espíritu:

"Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios" (Romanos 15, 18-19).

No es en absoluto arbitrario suponer que tales signos y prodigios, manifestaciones de la potencia divina que asistía la predicación, estaban constituidos en gran parte por curaciones portentosas. Eran prodigios que no estaban ligados exclusivamente a la persona del Apóstol, sino que se manifestaban también por medio de los fieles:

"El que os otorga, pues, el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace porque observáis la ley o porque tenéis fe en la predicación" (Gálatas 3, 5).

La victoria mesiánica sobre la enfermedad, así como sobre otros sufrimientos humanos, no se da solamente a través de su eliminación por medio de curaciones portentosas, sino también por medio del sufrimiento voluntario e inocente de Cristo en su pasión y dando a cada hombre la posibilidad de asociarse a ella. El mismo Cristo, que no cometió ningún pecado, sufrió en su pasión penas y tormentos de todo tipo, e hizo suyos los dolores de todos los hombres: cumpliendo así lo que de Él había escrito el profeta Isaías

Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados.” ( Isaías 53, 4s)

En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo. La Iglesia acoge a los enfermos no solamente como objeto de su cuidado amoroso, sino también porque reconoce en ellos la llamada a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas. Las palabras del apóstol Pablo han de convertirse en su programa de vida y, antes todavía, son luz que hace resplandecer a sus ojos el significado de gracia de su misma situación:

"Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).

Precisamente haciendo este descubrimiento, el apóstol alcanzó la alegría:

"Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros" (Col 1, 24)

Se trata del gozo pascual, fruto del Espíritu Santo. Y, como San Pablo, también "muchos enfermos pueden convertirse en portadores del

"gozo del Espíritu Santo en medio de muchas tribulaciones" (1 Ts 1, 6)